Y así despacito se iba yendo por un camino que no quería.
-¿Quién quiere ir a la ciudad de los fataluses?- se preguntaba.
-Los fataluses te hacen trabajar y te llenan la cabeza de cosas que después no sirven para nada.- le había dicho una vez su abuelo.
Lo único cierto era que los fataluses no existían más que en los cuentos y que el camino por el que se iba yendo en realidad lo inventaba a cada paso.
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