Se despidió bajito, como los títeres cuando el telón ya casi los tapa por completo. Juntó sus cosas en una bolsa y se fue a buscar lo que siempre había querido. No tardó tanto como se había imaginado, de hecho llegó ese mismo día, al anochecer. Lo primero fue abrir la bolsa y desempacar: se quedaba ahí, no había dudas.
Lo desconcertante vino más tarde, entrada la noche: no había guardado en la bolsa el pañuelo de tela, con lo mucho que lo usaba... podía volver a buscarlo o darlo por perdido. No iba a volver, hizo lo segundo y se durmió suave, casi tímido, con la imagen del pañuelo en la cara interna de los párpados.
El ruido del sol saliendo lo despertó y le pidió permiso para llevarse las últimas tiritas del pañuelo que todavía le quedaban de la noche.
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