Estaba en su casa, se podía descalzar tranquilamente, pero no, algo le impedía sacarse las zapatillas.
En un arrebato de rebeldía frente a ese algo tomó uno de sus pies y trató a la manera clásica de descalzarlo. No pudo. Probó de otras maneras menos convencionales, varias. No pudo.
Trató con el otro pie e incluso invirtiendo el rol de las manos: de derecha dominante e izquierda sumisa pasó a derecha sumisa e izquierda dominante. No pudo.
Empezó a perder la calma y a transpirar, el sudor empeoró las cosas. Los cordones de las zapatillas se empaparon y las medias parecieron lagunas de tela.
Se rindió pero sólo cinco minutos, después volvió con fuerza. La fuerza la cambió por empeño, el empeño por paciencia y la paciencia por una sonrisa que sostuvo hasta el final, hasta que se sacó las zapatillas y vió que no tenía pies.
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