martes, 20 de octubre de 2009

A la hora de acostarse

Llegó como un viento sin aviso, se instaló en la puerta ventana que da al balcón y esperó.
Un ratito antes de dormirse Joaquín abrió los ojos, miró y lo vió: ahí estaba, esperando.
A Joaquín le hizo gracia y se rió bajito. Él, que esperaba desde su llegada, no compartió el humor.
Después vino el sueño, perezoso y lento, como una tela de araña o de seda que caía de a capas. Los dos se durmieron: Joaquín en su cama, abrazado a lo que siempre se abrazaba, y él afuera, apoyado en la puerta ventana, de cara al cielo que tenía más puntitos que un colador.

No hay comentarios:

Publicar un comentario