Una envidia se resbaló de un alero y cayó en el sombrero de un caminante distraído que se detenía un instante para mirar una vidriera en pleno centro, calle Florida, yo lo ví todo.
El caminante se alejó y se llevó con él a la envidia que un par de cuadras después se le descolgó del sombrero y se le acostó a dormir dentro de la oreja izquierda.
Cuando llegó a su casa el caminante notó algo distinto: una sensación, una emoción, una profunda envidia por todo lo que lo rodeaba.
No fue sino hasta cinco días después que la envidia despertó y se fue por el inodoro mientras el caminante esa vez no caminaba.
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